Feb 02 2014

 

El  otro día paseando por Fnac, vi algunos libros de Fotografía que recreaban la España de los 60 y me acordé de la obra de Fellini, La dolce vita, una película que, si la volviéramos a ver, seguro iríamos como locos a recomendarla (este año cumple cincuenta y cuatro años, aunque en nuestro país no pudimos verla de forma ‘oficial’ hasta 1980). ¿El fragmento? ¿La frustración personal? ¿La especulación? ¿El despilfarro? ¿La incomunicación? ¿El desempleo? ¿La economía? ¿El caos como medida de los órdenes? ¿El orden, como penalidad de todo? Qué actual todo, ¿no?

El caso es que La dolce vita es la obra de un gran loco, Fellini, en un momento de traslación. Un  testimonio de un tiempo a la deriva. Que, como bien decía, podría proyectarse en cualquier sitio, en cualquier pueblo sin proyectos, en cualquier rincón sin sentido… y sin empleo… y sí, sería fácil reconocer esas situaciones de hace cincuenta años como situaciones que se viven hoy.

Cada época, que tiene su afán, tiene un color determinado, que acaba formando parte de su fisonomía. En este caso es un color plata, casi nácar con un toque oxidado. Un tono que desde Mastroiani a Anita Ekberg traspasa este post, y lleva al mundo real… porque pasa desde la prosperidad de la que veníamos y que es atravesada por la oxidación de una crisis que nos azota desde hace 84 meses. Sí, ¿no? Pues sí y no.

Ahora todo parece más grave y más duro que en La doce vita, casi más acorde con el ánimo que presidió las guerras mundiales que con la mañana después de la movida madrileña.

Con todo, esa vida dulce de La doce vita no viene a ser tanto un trofeo histórico como un simulacro de la realidad, cuando, desprendida de lucidez, vive entre los reflejos de una noche preparada para la juerga.

Tiempos de juerga y lujuria, de champán y rosas conviviendo con unas residencias modestas y un matrimonio arruinado durante el vacilante comienzo social, político y moral de los sesenta.

Es una película que necesita ayuda. No puede expresarlo todo. Necesita conciencias predispuestas para que su secuencia prolongue toda su duración. En su día, el público la acogió como colofón liberador de la posguerra pero con cierta desconfianza sobre si el mal había desaparecido de verdad. Italia estaba en el vagón de cola de la recuperación dentro del famoso Plan Marshall, y con más vitalismo que productividad anhelaba deshacerse del triste surrealismo y la grisalla de la miseria.

Un dólar era un dólar. Un dólar americano fue quien trajo del paraíso las medias de cristal, los chicles y las cremalleras, la felicidad en forma de leche en polvo y de latas de carne de buey. Una prosperidad fantásticas comparada con el luto de la guerra.

Hecha esta composición de lugar, queda claro que La doce vita no es la dulzura de vivir, sino el regusto de un nuevo sabor mezclado con ilusión, sueños y realidad. Polvorientos escombros de la guerra y lentejuelas de frivolidad dentro de un mismo escenario.

Esto no solo lo vivió Italia. Muchos países han pasado por escenarios similares. Unos antes, otros después, se han ido reponiendo de matanzas militares desde sus propias Avenidas Veneto  hasta los campos de exterminio. Sí, así estuvo marcada Europa, con sangre y fuego colectivo. Pero, ¿solo colectivo? Para nada, queda patente cuando la cámara mira las escaleras del bloque, a las mesas de las terrazas, a las calles sin vida y a los muros desconchados… En estas escenas parece que se trata de otra película. Otra más optimista en la vida urbana, libre de bombardeos pero aun así, en mitad de la fiesta, no se puede afirmar que el mal haya terminado. Ahora hay que vivir como se pueda, toca ganarse la vida.

La vida sigue empinada y cuesta arriba. Las luces, las luminarias que lucen cada noche entre aplausos y risotadas, no son de granadas y bombas de uno u otro bando. Qué importan los bandos. La dolce vita es tan hermosa porque, además, no ha prescindido del sabor amargo, y que así siga… Siempre!!!

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