Nov 11 2012

Si algo está claro es que nacer y morir son actos absolutamente individuales. Puede haber un médico asistiendo el parto, o un acompañante al lado de un enfermo en sus últimos momentos, pero su función es de mera ayuda o compañía. Son, tal vez, los actos más íntimos de nuestra vida, los que nos pertenecen exclusivamente a nosotros. Los actos de nacer y morir son individuales. Entre un acto y el otro hay periodo de tiempo indeterminado que denominamos vida. Erich Fromm escribió que, ‘durante la vida, el ser humano se siente siempre impulsado a trascender la propia individualidad, a superar un proceso de individuación que conduce a la soledad y al aislacionismo’.

Vivir dentro de nuestro propio mundo, aislarse, vivir sin trascender la propia identidad puede sumir a una persona en la locura, la tristeza o la depresión. No quiero decir que no sea posible estar bien con uno mismo, sino que es imposible estar únicamente con uno mismo. Si bien decía que nacer y morir son actos individuales, vivir es lo contrario: es trascender la identidad, superar la individualidad con la que nacemos y morimos. Para superar este proceso, disponemos de dos mecanismos. Uno es el Amor. El otro, su capacidad para crear. Pero el hombre precisa de algo donde proyectarse para trascender su propia identidad. Durante la vida hallamos dos tipos de ese algo donde proyectarnos: otras personas y objetos físicos, cosas. Así pues, las personas son los sujetos donde se proyecta el acto de amar, y las cosas son los objetos donde se proyecta el acto de crear.

Es interesante observar que los actos de amar y crear no pueden intercambiarse con sus respectivos objetos sin caer en la locura o la inmoralidad. No tendría sentido amar una cosa, sería irracional; del mismo modo, no sería ético o aceptable utilizar a una persona con fines creativos, porque crear supone transformar el aspecto, apariencia, modo, función o sentido de un objeto. Y eso no es algo que pueda hacerse sobre una persona sin atentar contra su identidad. De este modo vemos cómo personas y objetos, las cosas que nos rodean, son susceptibles de ser amadas o de ser transformadas mediante la creatividad.

Crear y pensar. Es curioso cómo los antropólogos e investigadores denominaron homo sapiens al homínido que adquirió sabiduría o razón para, finalmente, devenir hombre. En cambio, los actos creativos de nuestros antepasados se bautizaron como arte prehistórico, situándolo, de este modo, como una consecuencia de la razón, de su cerebro, de su evolución intelectual. En otras palabras: razón, primero, y arte, después. No debe de ser una casualidad que muchos de los primeros indicios de racionalidad en nuestros antepasados milenarios sean artísticos. Y sin embargo, pensamos que la razón fue lo que convirtió en creativa a nuestra especie. Sin haberse afirmado de forma directa, parece como si crear fuese una consecuencia de pensar. ¿No podría ser al contrario? ¿No podría el cerebro del hombre haber evolucionado a partir de sus actos creativos? El hombre amó y procreó para la conservación de su especie, y, movido por el mismo deseo de trascendencia individual, tomó los objetos que había a su alrededor y los transformó. Necesitó imperiosamente, llevado por una misteriosa fuerza, crear con ellos algo distinto.

Imaginemos el primer acto creativo de la historia de la humanidad (si es que tiene sentido imaginar que hubo un primer acto creativo). Un mono siente un deseo de crear. Supongamos que toma una piedra y la pone sobre otra sin más objeto que transformar su realidad, no para atraer a una presa. Lo ha hecho con el único objeto de dar salida a una necesidad interior que pide fluir hacia fuera, para reconocerse en su entorno y dejar su huella en el mundo.

Cuando ya ha puesto una piedra sobre otra, el mono se interroga a sí mismo. Se ve obligado a formularse una pregunta que surge a consecuencia de su propia acción creadora: ¿qué es esto? Entonces, sólo entonces, piensa. Su acto creativo provoca una incógnita. Y las incógnitas, como bien se sabe, son el primer paso de una conexión. Esto es, de completar un proceso mental. Ese proceso mental, finalizado con éxito, es la lógica que hoy nos gobierna.

¿Por qué explico todo esto? Porque hay una tendencia generalizada en la población a pensar que uno mismo no es creativo, que la creatividad es una facultad reservada para unos pocos genios. El resto, los comunes mortales, hemos de limitarnos a admirar sus obras artísticas o sus descubrimientos.

Nada más lejos de la verdad. La creatividad es un rasgo inherente a la condición humana. No es que podamos ser creativos, es que somos creativos porque somos seres humanos. La necesidad de conectar con el exterior, de dejar la huella en el mundo fue, sin duda alguna, el detonante de la razón. Fuimos creativos antes que racionales. Nuestro sistema cerebral es creativo de nacimiento; la lógica la aprendemos mediante la enseñanza. El problema es que la vida en sociedad precisa de rutinas para garantizar su eficiencia. Si todos cruzásemos la calle de modo creativo, la seguridad vial sería un caos. En las empresas y en las profesiones sucede algo parecido: es preferible aplicar protolocos conocidos que dejar al individuo un campo libre de actuación que provoque errores o pérdidas. Se permite aplicar la creatividad sólo en campos y tareas donde la sociedad o la empresa no se vean perjudicadas. El problema, entre otros, es que cada vez hay menos campos donde nuestro modo de actuación no deba ser automatizado.

Nacemos creativos, y vamos, mediante el aprendizaje progresivo de la lógica y el desarrollo de la eficiencia como especie, olvidando que lo somos y perdiendo las habilidades creativas.

A un niño le das papel y pinturas y le dices que dibuje algo y se vuelve loco por ponerse a ello. Se lo propones a un adulto y te dice que no sabe dibujar. ¿En qué momento hemos ‘desaprendido’?

Desaprendamos, dejémonos llevar por la emoción, por el instinto. Perdamos la vergüenza. Perdamos el miedo al ridículo. ¿Bailamos? ¿Nos subimos al altavoz?  Toca crear, porque somos creadores. Siempre!!!

Gracias Fernando Trías 😉

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