Oct 13 2013

¡Ay la comunicación! En qué lío nos mete a veces. Comunicar es una necesidad básica de los humanos, pero también una fuente infinita de malentendidos y de conflictos. Sin duda es la herramienta más poderosa y versátil que tenemos y, a la vez, la más peligrosa. Porque nos otorga el poder de crear… y también de destruir. Nos permite, aprender, comprender, reflexionar. Nos regala la oportunidad de crear vínculos, compartir impresiones, transformar emociones y también realidades. ¿El lado malo? Puede declarar guerras, romper relaciones por completo, provocar las reacciones más viles y sumirnos en la más profunda desesperación.

La comunicación nos ayuda a construir nuestras vidas pero, por desgracia no le prestamos demasiada atención. Está tan integrada en nuestro día a día que la damos por sentada. De niños aprendemos a comunicarnos a través del lenguaje y nos hacen creer que con el dominio de nuestro idioma tenemos suficiente para alcanzar la maestría en el arte de la palabra. ¡Qué error! Nos limitamos a cabalgar sin silla, sin coger las riendas, dejándonos llevar a lugares de los que muchas veces no sabemos salir. Porque, ¿tenemos en cuenta la parte subjetiva de la interpretación que lleva incluido cada mensaje? Ese espacio, el que hay entre lo que queremos compartir y lo que entiende nuestro interlocutor es el origen de un montón de crisis, problemas y reacciones impulsivas. Y, con demasiada frecuencia, éstas se transforman en discusiones desagradables, ruptura de relaciones de cualquier tipo…

La de veces que decimos cosas sin pensar. Siempre por una emoción descontrolada, pero ¿y las consecuencias? En la mayoría de las ocasiones parece que hablamos idiomas diferentes. De hecho lo que realmente causa estragos no es lo que decimos, sino cómo lo decimos. El tono, la forma, el orden en la que expresamos una inquietud, una emoción, una necesidad, marca el resultado de la misma. Y ya no os digo si nos tenemos que limitar a los 140 caractéres de un tuit. Si queremos dejar de ser presos de la comunicación impulsiva, tomémonos tiempo para aprender a domar o, como siempre digo, a contar hasta 10.000 antes de publicar o decir algo que nos puede comprometer.

Hablando no se entiende la gente. ‘A menudo me he tenido que comer mis palabras y he descubierto que eran una dieta equilibrada’ Winston Churchill.

Nos pasamos el día, la vida, compartiendo palabras. Juntando letras con capacidad de unir, pero también de separar. Con el poder de sanar, pero también de dañar. Tienen una brutal capacidad para generar emociones poderosas en quienes las pronuncian y también en quienes las escuchan. Y tarde o temprano nos llevan sin remedio hacia un malentendido. Un momento de malestar que nos lleva a enfados, tristezas, resentimientos… e inseguridades. Son más frecuentes de lo que parece e invertimos más tiempo y esfuerzos en resolverlos que en prevenirlos. Pero, ¿cómo se generan? ¿cómo prevenirlos?

Hay tantas de maneras de interpretar, de sentir, de percibir una realidad como individuos en el planeta. Cada uno experimenta las cosas de una manera porque lo filtramos todo en base a nuestra educación, experiencia y condicionamiento, transformándolo todo de forma subjetiva. Todos tenemos unas gafas personalizadas con unos cristales tallados y coloreados con creencias, necesidades, expectativas y deseos. Esto afecta directamente a nuestra actitud, a nuestra conducta y, como no, a nuestra manera de expresarnos.

Una vez aquí, decir que en toda interacción encontraremos tres niveles. Uno, el de la motivación del emisor, que es la intención que le lleva a comunicar algo. Luego tenemos la forma en la que comunica, el tono, la comunicación no verbal, las palabras, soportes… y por último, cómo el receptor interpreta el mensaje en base a esas ‘gafas’ de las que hablaba antes. A menudo hay una distancia importante entre las intenciones de uno y las interpretaciones del otro y ahí, en esa distancia es donde aparecen los posibles malentendidos y conflictos.

Lo más frecuente es que cuando somos emisores estamos centrados en nuestros motivos e intenciones y no asumimos la responsabilidad sobre como estamos comunicando. Nuestra motivación es que nos entiendan y al no conseguirlo nos frustramos y solemos reaccionar utilizando la comunicación, pero esta vez como arma.

La comunicación más efectiva. ‘La palabra es mitad de quien la pronuncia y mitad de quien la escucha’ Michel de Montaigne.

Volvamos al tema de la responsabilidad en nuestra forma de comunicar. Y qué mejor manera que analizar los resultados que obtenemos. Es fácil saberlo en base a la respuesta que recibimos de nuestro interlocutor. Si reacciona, si se siente atacado… a lo mejor tenemos que replantear nuestra manera de transmitir el mensaje en lugar de juzgar o criticar su reacción. Tendríamos que preguntarnos por qué hemos dicho eso, qué queríamos decir realmente, cómo lo hemos hecho, el tono, para qué lo hemos compartido. Vamos, asumir las responsabilidades que tengamos que asumir  y que han provocado una interpretación negativa en nuestro interlocutor.

Sin entrar en profundidades y por no liarme mucho, los psicólogos hablan de tres grandes estilos de comunicación: el agresivo, el pasivo-agresivo y el pasivo. Un ejemplo de ‘andar por casa’: un día nuestra pareja se ha ofrecido a hacer la cena. Llegas a casa y ves que todavía no hay nada preparado. El agresivo diría: ‘¡Tengo hambre! ¡Habías dicho que tú te encargabas de la cena!’. El pasivo-agresivo optaría por un sutil, aunque cargado de segundas intenciones: ‘¿Todavía no está hecha la cena?’ Y el pasivo no diría nada, pero interiormente se sentiría decepcionado, lo que podría provocar una discusión en el futuro.

El ejemplo es simple, pero seguro que todos podemos reconocer a más de una persona con la que tratamos. En contraposición a estas tres formas de comunicar aparece la asertividad, que en el ejemplo planteado anteriormente, optaría por decirle a su pareja: ‘¿Te ayudo a cocinar?’ De este modo, asume la realidad de que tiene hambre y hace algo al respecto sin atacar al otro ni tomarse como una ofensa personal el hecho de que éste no haya preparado la cena. Un ejercicio de empatía, respeto y comprensión que, en muchos casos, solemos mantener encerrado bajo llave.

Sin embargo, es este cuarto estilo comunicativo el que nos permite establecer vínculos más sanos y satisfactorios. Es el arte de mantener intacto el contenido sin renunciar a la forma. No en vano, la asertividad se basa en el respeto por uno mismo y por los demás. Implica poder expresar de manera clara, directa y honesta aquello que necesitamos compartir, eso sí, sin agredir a nuestro interlocutor en el proceso. Supone crear un espacio en el que se aúnan la aceptación y la responsabilidad. Además, nos permite lograr de manera mucho más rápida y eficaz nuestro objetivo, es decir, conseguir que nuestro mensaje sea comprendido sin generar resistencias, malentendidos y conflictos.

La importancia de la forma. ‘La diferencia entre la palabra adecuada y la casi correcta es la misma que entre el rayo y la luciérnaga’ Mark Twain.

Llegados hasta aquí me pregunto, ¿cómo podemos incorporar la asertividad en nuestra comunicación? Lo primero, prestar más atención a las palabras que pronunciamos y al significado que tienen. Pero no sólo para nosotros, sino para nuestro interlocutor. Lo que decimos está siempre dentro de un contexto determinado, en el marco de una relación. Es ahí donde adquiere significado. De ahí la importancia de adaptar nuestro discurso a las necesidades de nuestro interlocutor, pues no es lo mismo hablar con un cliente, con un Amigo o con nuestra pareja. También resulta fundamental pensar bien lo que queremos decir antes de dejar que se escape de nuestros labios como si fuésemos kamikazes.

Para lograr esa maestría de la que hablaba al principio del post, tenemos interpretar lo que nos dicen sin tomárnoslo como algo personal, tratando de empatizar con las motivaciones de nuestro interlocutor. Al fin y al cabo, lo que dice y cómo lo dice tiene todo que ver con su manera de ser, de ver y de interpretar el mundo. Así, podemos aprender a comunicarnos más asertivamente mejorando nuestro nivel de atención y de presencia. Para comunicar conscientemente tenemos que ser capaces de escuchar empáticamente, sin que en el proceso interfieran nuestras ideas previas o nuestros razonamientos sobre aquello que nos dicen. Del mismo modo, es fundamental ser conscientes de lo que nosotros decimos y de cómo lo decimos.

En última instancia, es imposible no comunicar. Incluso, los silencios están llenos de información. En escenarios así la asertividad es una invitación a desarrollar al máximo el potencial de esta herramienta, tan útil como necesaria. Apostar por escoger las palabras precisas en el momento adecuado. Para verificar si vamos en buen camino, basta con observar el rostro de nuestro interlocutor o sus reacciones inmediatas. Sin duda alguna, es el mejor espejo para medir nuestra habilidad en el arte de domar las palabras.

Que nuestras palabras sean dulces y suaves por si algún día tenemos que tragárnoslas. Procurémoslo… Siempre!!!

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