Ago 31 2014

Ya estamos de vuelta. Comienza el noveno mes. Un mes que lo tiene casi todo a su favor para ser vivido. Es el regreso a lo desconocido, el reinicio de lo abandonado. Es un mes en el que todo es futuro posible y solo el paso de los días confirmará, o no, los pronósticos. Septiembre comienza en verano y acaba en otoño. Pasamos de la holgazanería y descanso a la exigencia.

Y ha sido durante los momentos de holgazanería, junto al mar, cuando uno consigue bajar realmente el ritmo y su mente empieza a divagar.

El caso es que hubo tiempo no muy lejano, o sí, en el que las relaciones personales discurrían por un único medio disponible: las cartas. Éstas podían ser de naturaleza afectiva con más o menos intensidad, amistosas o de enemistad, sí, también con más o menos intensidad. Podían venir de la casa de al lado o de un país muy lejano. Escritas por uno mismo o por algún escribano.

¿Para qué? Pues para declarar amores, poner al día a los familiares, mandar consejos a los seres queridos o, simplemente, lanzar reflexiones para el recuerdo…

Todo pasaba por carta. Todo se escribía a mano.

Eran tiempos lentos, reposados. No es lo mismo enviar un mensaje atado a la pata de una paloma que un email. No es lo mismo poner un pie en la Hispaniola y esperar dos años para poder contarlo en persona a los Reyes Católicos, que grabarlo con una GoPro y subirlo al momento en YouTube.

Eran tiempos lentos, reposados, pero hoy en día se aceleran y comprimen cada vez más. Nos ocurren más cosas en una semana, que durante una década del s. XV.

¿Y qué pasa con las personas?

Pues cuando era niño, durante las vacaciones, mis compañeros y yo intercambiábamos cartas en las que nos contábamos las peripecias veraniegas y nos decíamos lo que nos echábamos de menos y las ganas que teníamos de volver a vernos. Eran varias hojas, escritas a mano, con algún dibujo. Después, una respuesta, de no menos extensión, y así, varios intercambios de correspondencia.

Hoy ya nadie escribe. Ahora un whatsapp con un breve ‘qué ganas de verte!’ y un ‘yo también!’ como respuesta lo es todo. Y si no lo es, tampoco lo pidas, porque no toca.

¿Os gusta escribir con pluma? Es otra ‘víctima’. A mi me encanta pero sí he de reconocer que la reservo para escritos especiales. Mis ‘famosas’ Moleskine las lleno con bolígrafo o roller; y el ordenador, iPad, o lo que sea, pero electrónico, ocupa un lugar cada vez mayor en mi vida. ¿Es bueno? ¿Es malo? Ni idea.

¡¡¡Ay, la vacaciones!!! ¡Qué fotos más bonitas! ¿Las de antes? Pues depende de tus medios. O bien te llevabas una de esas de carrete, o no te llevabas nada y en el destino comprabas una de usar y tirar, o bien optabas por una Polaroid que te entregaba, oh! milagro, la foto al instante. La calidad era lo de menos. Es más, el carrete con las mejores fotos, solía desaparecer misteriosamente.

Y… ¿qué me decís de las postales? Sí, sí, escritas a mano para enviar a la familia y Amigos en las que dejábamos claro que habíamos subido la Torre Eiffel… a pie!!!

Ahora hay una maquitina, llamada teléfono móvil que hace todo eso… y más. Las fotos ya no se miden en recuerdos, sino en megapixeles. Puedes incluso salir tú sin pedirle el favor a nadie. Hasta Obama lo hace junto a la chica mona de al lado, aunque a su señora no le acabe de gustar.

La correspondencia ha dejado de tener pausa y creo que ha ganado en espontaneidad. Ya no pensamos tanto lo que escribimos. Hemos cambiado la profundidad por la inmediatez en la expresión de nuestros sentimientos.

Antes recibíamos un sobre y emergía un sentimiento de emoción. Ahora es de indiferencia o de miedo. Antes lo disfrutábamos y pensábamos en como preparar la respuesta. Ahora estamos pasotas o asustados. Antes esa emoción nos inundaba porque podía ser un Amigo, nuestra amada, un ser querido… hoy no. Hoy seguramente sea publicidad, un banco, una multa de tráfico o Hacienda.

Hoy estamos rendidos a whatsapps, chats, tuits y no sé cuantos inventos más. Van en una y otra dirección a la velocidad de la luz al descubierto. Sí, sin intimidad. Los que escriben y su contenido pasa a ser, en muchos casos, de dominio público.

Antes te tenían que abrir tus cartas con vapor. Era la única manera de leer tus secretos. El límite estaba en tu imaginación, en el espacio que necesitases para expresar la belleza de tu amada. Ahora el límite son los 140 caracteres de un tuit. En las cartas podías dejar tu olor, tu huella… y la de tus labios. Incluso un poco de tinta corrida por culpa de las lágrimas.

¿Progreso? ¿Evolución? Yo que sé…

El caso es que me quedo con la cara, este verano, de cuatro niños que después de preparar con cariño unos mensajes y dibujos, los metieron en una botella de cristal y la lanzaron al mar el último día de sus vacaciones en Galicia. La respuesta no ha llegado. La respuesta no sé si llegará. No habrá ‘me gusta‘, tampoco ‘retuits‘… Pero la ilusión, emoción y creatividad que pusieron en preparar ese envío tan especial lo vale todo. Gracias.

Feliz vuelta a todos. Mantengamos la esencia de nuestra originalidad y la riqueza de nuestras diferencias… Siempre!!!

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