Sep 06 2015

Hi, ho, hi, ho, silbando a trabajar… ¿Os acordáis? Eso cantaban los enanitos mientras desfilaban delante de una Blancanieves dormida, se ve que todavía de vacaciones.

Iban y venían felices y contentos. Decididos a cumplir con sus obligaciones y eso es lo que nos toca a partir de ya mismo. Sí, lo siento, pero ‘ese momento en el que no tenemos nada que hacer y disponemos de todo el día para hacerlo‘ ha llegado a su fin.

La verdad es que ‘la vuelta’ de antes era como más homogénea, no sé. Todo el mundo hacía las maletas en el lugar de veraneo. Todos metían en el coche esas maletas, a los niños, la abuela, los bultos, el canario y se lanzaba a la carretera para volver a casa. Hasta la paradita a hacer las necesidades era según lo previsto, en el lugar habitual y en el que, rara vez, no coincidías con algún conocido. Volver de las vacaciones implicaba parar a hacer un picnic en algún bosque pegado a la carretera. Volver de las vacaciones implicaba llegar tarde, acalorados y agotados. La casa estaba caliente, sin que hubiera circulado el aire por ella en un mes. La nevera vacía o, a lo sumo, con medio limón por ahí perdido.

Tocaba ventilar, deshacer maletas, poner la primera lavadora, dormir algo y prepararse para la vuelta al trabajo al día siguiente.

Los que volvían a la oficina, volvían a la oficina de siempre, triste, mustia, seguramente con un viejo olor a tabaco, carpetas de expedientes… y el mismo ritual: encender la luz, sentarse y abrir la primera carpeta. Director de algo, Presidente de no sé qué, Abogado, Procurador en Cortes… qué importa!

Hoy, sin embargo, el mundo de los negocios o del trabajo (sí, sí, he separado ambos a propósito) no hay quien lo conozca. Se ve que ha salido el sol. Nada tiene ya el paso cansino de lo rutinario. De la plumilla y el papel hemos pasado a la pantalla. El veraneo se ha integrado y ya no es un compartimento estanco del resto del año. Tablets y móviles son nuestras carpetas de expediente; la tumbona, el chiringuito o la cubierta del barco, nuestro despacho. ¿Por qué? porque la competencia es peor que tumbarse al sol sin protección. Si te descuidas, a la vuelta tu despacho está ocupado por otro.

¿Sois conscientes de lo que han cambiado las cosas? A veces creo que no. Será porque en España todavía llevamos otro ritmo. No hay más que ver Madrid en agosto. Se queda vacío. ¿Londres? ¿Nueva York? Igual que siempre… pero con más calor. No se detienen.

Siglo XXI. Todo sirve. Todo se aprovecha. Ya no hay espacios únicos de trabajo… ni horarios fijos. Acercaos a un aeropuerto, la gente trabaja allí. Algunos incluso llevan un ‘chirimbolo’ en la oreja y están hablando con Wall Street, Shangai y Ciudad del Cabo… a la vez. Cuando llegan a su despacho… no, no es como el que describía antes. Éste es un espacio diseñado para ellos, calculado al dedillo por especialistas para conseguir el equilibrio de la mente. Ocupan sillas ergonómicas. Y si levantan la mirada, no pasa nada, lo que verán está estratégicamente pensado para sostener la adecuada relación entre la tranquilidad y la distracción. ¿Un café? No hay problema, será como el de George Clooney y si hay que quedar a comer, qué mejor que un restaurante del TOP Restaurant Gromenagüer. Es fácil medir el rango que tienes en la empresa. Si eres muy importante, tienes puerta. Si lo eres menos, tu despacho es poco más grande que una pecera. Pero tranquilo, en cualquier caso, ese mueble lacado puesto estratégicamente por el diseñador, hará que el espacio tenga carácter y no se vea diáfano.

No sé, no sé… la verdad es que me cuesta cambiar de hábitos. Yo necesito mi espacio ‘personal’, mis Moleskine, mis lápices con goma, mis plumas Lamy. Mi desorden ordenado. Una mesa llena de apuntes iluminada, quizás por una Tolomeo. Y alrededor libros, muchos libros, a los que pueda echar mano cuando me sienta inseguro. Y en el ambiente música… de la buena, de la de verdad, de la que te transporta a mil y un lugares y mil y una situaciones. Y lo mejor, ¿sabéis qué es? Que funciona, funciona estupendamente.

Pero bueno, de todos modos, y ya para terminar, nunca olvidéis que da igual el lujo con el que viváis, los hoteles de tropecientas estrellas en los que os hayáis alojado, los súper restaurantes en los que comáis… habrá un momento en el día en el que tendréis que recoger y llevar vuestros bártulos y maletas… Siempre!!!

 

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Emprendedor. 'Soñador y apasionadamente inquieto'. Cofounder @Talk2Us_ y @EstrellasyTuits. Dtor Area y Profe Marketing Digital en @IMFFormacion. Directivo @ACENOMA

(1) Reader Comentario


  1. Toya
    8 septiembre, 2015 at 12:07 am

    Me encanta tu post!!!! Da para muuuuuuuuuuuucho pensar... Y yo añoro tardar tropecientas horas, con mis cuatro hermanas en le 124 ranchera, y esas paradas en la carretera, con mantita en el suelo, un cacho de pan y un taco grandote de queso. Nada que ver con la fugaz parada en un área de servicio y esos coches con los que no tienen sensación ni de viajar... Vale, me ha dado el "puntito" añorante. Es lo bueno de los recuerdos, que te quedas con lo bueno ;)

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